Ubicada en Santa Cruz, la Cueva de las Manos resguarda pinturas de más de 9.300 años de antigüedad. La incansable labor de pioneros como Carlos Gradin permitió revelar y preservar este invaluable patrimonio cultural.
En las profundidades de la estepa patagónica, a 47 kilómetros de la localidad santacruceña de Bajo Caracoles, el río Pinturas atraviesa la tierra creando un cañadón imponente de rocas rojizas. Allí, resguardada bajo farallones que alcanzan los 170 metros de altura, se encuentra la Cueva de las Manos. Este sitio, considerado uno de los tres yacimientos de arte rupestre más importantes a nivel global, alberga pinturas en perfecto estado de conservación que datan de hace más de 9.300 años. Los antiguos pobladores tehuelches denominaban a este lugar «Kolon Niyeu», que significa «tierra de colores».
Lo que distingue a la Cueva de las Manos de otros famosos sitios prehistóricos, como Altamira en España o Lascaux en Francia, es que los visitantes pueden contemplar las obras originales y no meras réplicas. Declarada Paisaje Cultural Nacional en 2019, la zona exhibe las huellas innegables de grupos de cazadores-recolectores que sobrevivieron a las extremas condiciones climáticas de la región durante más de seis milenios. El sitio principal cuenta con más de ochocientas manos pintadas en negativo, utilizando pigmentos naturales como el ocre, y complejas escenas que retratan la caza de guanacos con boleadoras, demostrando una notable técnica y un profundo conocimiento del entorno natural.
La historia del redescubrimiento y la puesta en valor de este tesoro arqueológico está indisolublemente ligada al nombre de Carlos J. Gradin. En el año 1964, este topógrafo llegó al cañadón y comenzó un minucioso trabajo que cambiaría su vida y la historia de la arqueología argentina. Sin ser arqueólogo de formación inicial, Gradin forjó su vasta experiencia recorriendo la inhóspita región, conversando incansablemente con los baqueanos locales y documentando sistemáticamente cada hallazgo. Su capacidad para dialogar con el territorio, apoyándose en los invaluables saberes de hombres de campo como José del Carmen Cárdenas, resultó un factor fundamental e indispensable para el exitoso desarrollo de todas las investigaciones posteriores en el área del río Pinturas.
A partir del año 1973, el trabajo empírico en el cañadón se profesionalizó definitivamente gracias a los aportes sustanciales de los arqueólogos Carlos Aschero y Ana Aguerre, quienes contaron con el vital financiamiento del Conicet. Este equipo multidisciplinario logró establecer la cronología exacta de las antiguas ocupaciones humanas, determinando que los cazadores no borraban las pinturas previas, sino que agregaban nuevas capas pictóricas como parte de un complejo archivo de memoria colectiva. A la cueva principal se sumaron rápidamente otros descubrimientos deslumbrantes a lo largo y ancho de toda la cuenca, como el monumental Alero Charcamata, hallado en 1972 siguiendo fielmente las indicaciones precisas de los avezados baqueanos locales.
El gigantesco esfuerzo sostenido de investigadores e instituciones derivó en un logro mayúsculo a fines de 1999, cuando la Unesco declaró a la legendaria Cueva de las Manos como Patrimonio de la Humanidad. Hoy en día, el sitio arqueológico recibe entre diez mil y quince mil turistas durante cada temporada. Si bien la merecida distinción internacional permitió mejorar notablemente la infraestructura turística general, con la rápida instalación de modernas pasarelas de madera, barandas protectoras y espaciosos centros de interpretación, los especialistas advierten continuamente sobre la extrema fragilidad del entorno. El polvo levantado por el constante tránsito humano, sumado a los fuertes e incesantes vientos patagónicos, representa un riesgo permanente de degradación para los pigmentos milenarios originales.
En la actualidad, este yacimiento forma parte integral del circuito turístico impulsado por el Parque Patagonia, un ambicioso proyecto destinado a la conservación regional. Mientras tanto, el desafío para las autoridades sigue siendo equilibrar de manera sostenible la necesaria difusión pública del patrimonio con las más estrictas medidas de preservación, trabajando para garantizar que este invaluable legado histórico permanezca intacto para las futuras generaciones.



