Miles de estudiantes, sobrevivientes y organismos de derechos humanos marcharon este miércoles en todo el país al cumplirse 50 años de los secuestros de estudiantes secundarios de La Plata durante la última dictadura, con actos en el Pozo de Banfield, La Plata y Plaza de Mayo.
«¡Mirá, vení!», pide Pablo Díaz. Está parado a unos pocos metros de la que fue la entrada principal del Pozo de Banfield, el portón por donde ingresaban los coches y camiones que traían a los secuestrados. Por allí lo entraron a él hace 50 años. Pero ahora, en la expresión de Pablo no hay horror, sino alegría. «Mirá», insiste desde el escenario que se montó en plena calle. Agita la mano y señala: a una cuadra se divisa una columna de chicos y chicas de las escuelas de la zona. En el viento flamean banderas con lápices. «Increíble», dice con un dejo de incredulidad.
La imagen se repitió durante toda la jornada: miles de pibes y pibas salieron a las calles para mantener viva la memoria de otros —tan jóvenes y tan dispuestos a vivir la vida como ellos— que fueron desaparecidos hace ya medio siglo por la última dictadura. Fue, para los sobrevivientes y familiares, la reafirmación de que la Noche no pudo impedir que los lápices siguieran escribiendo.
El Pozo de Banfield está ubicado en un barrio de casas bajas. Las calles son mano y contramano. El tráfico estaba un poco más complicado que lo habitual, pese a que era temprano. En algunas esquinas se veían grupos de chicos que se concentraban para marchar. Mientras hacían tiempo, cantaban.
En la esquina del que fue un centro clandestino de detención —y hoy es un sitio de memoria—, las calles están señalizadas. «A 50 años, la memoria florece para que la oscuridad no vuelva nunca más», dice el cartel. Hay una imagen de un árbol y, en cada una de las raíces, puede leerse el nombre de los chicos secuestrados el 16 de septiembre de 1976 en La Plata: María Claudia Falcone, Francisco López Muntaner, María Clara Ciocchini, Daniel Racero, Claudio de Acha y Horacio Ungaro.
Pablo Díaz estuvo con ellos en el Pozo de Banfield. Él fue secuestrado el 21 de septiembre de 1976. Tras un paso por el campo de Arana, llegó a la brigada de investigaciones. Juntos pasaron más de tres meses. Se despidió de ellos el 28 de diciembre de 1976, cuando le anunciaron que iba a pasar a ser un preso legal. Ese fue el último día que alguien los vio con vida. Desde entonces, están desaparecidos.
«Acá están mis fantasmas», dice Pablo. La emoción impide que continúe. Los abrazos hacen que pase el micrófono entre quienes lo acompañan sobre el escenario. Hablan el subsecretario de Derechos Humanos bonaerense, Matías Moreno; el diputado nacional Horacio Pietragalla Corti y el intendente de Lomas de Zamora, Federico Otermín. Todos reivindican lo hecho por Néstor y Cristina Kirchner, que en ese lugar se materializa en la decisión de haber sacado, tras años de reclamo de víctimas, familiares y vecinos, a la policía del lugar. Pietragalla, de hecho, recuerda que la primera vez que estuvo en el Pozo todavía había detenidos que eran del barrio.
El acto cerró con sobrevivientes, funcionarios, militantes e integrantes de la Mesa de Trabajo del Pozo con un pañuelo en alto. En él, había una leyenda: «Cristina libre».
Los actos en La Plata y Buenos Aires
A la misma hora, Emilce Moler y Gustavo Calotti estaban en La Plata, donde estudiaban y fueron secuestrados en aquel septiembre de 1976. El sol de la mañana los abrigaba. Compartieron una jornada con el gobernador Axel Kicillof en la plazoleta Noche de los Lápices.
Estela de Carlotto, presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, fue parte del encuentro para homenajear a los sobrevivientes y recordar a los chicos que están desaparecidos. «Querían un país mejor y eso les costó la vida», dijo la dirigente de derechos humanos. Estela, que el mes próximo cumplirá 96 años, les habló a los más jóvenes. «Hoy les digo: sigamos, la patria nos necesita», remarcó. La escucharon algunos de los nietos que encontró junto a las Abuelas, como Leonardo Fossati Ortega y Victoria Montenegro.
En el predio donde funcionó el campo de concentración El Vesubio, cerca de 400 estudiantes de un profesorado se reunieron con sobrevivientes de ese centro clandestino.
En la Ciudad de Buenos Aires, la concentración para la marcha partió desde la Plaza Houssay. En Avenida de Mayo y Salta, los estudiantes confluyeron con organismos de derechos humanos. Hacía meses que desde H.I.J.O.S. Capital estaban trabajando en esa articulación con los estudiantes y también con organizaciones sociales y sindicales. «Es un ayer y un ahora lo que caracteriza estas marchas para los que dicen que esto es el pasado», dijo Carlos «Charly» Pisoni en diálogo con este diario.
Los pibes y las pibas portaban una bandera que decía «nuestro futuro no se vende». En Plaza de Mayo, el escenario estuvo de cara a la Casa Rosada. Allí hablaron Claudia Poblete (Abuelas de Plaza de Mayo), Paula Donadio (H.I.J.O.S. Capital) y el premio Nobel Adolfo Pérez Esquivel (Servicio de Paz y Justicia), junto a los integrantes de la Coordinadora de Estudiantes de Base (CEB).
La marcha no se detuvo frente a la Casa de Gobierno. Las columnas siguieron hasta San José 1111, donde CFK está presa. «Cristina, Cristina corazón, acá tenés los pibes para la liberación», le cantaban. Y ella salió al balcón con los dedos en «V».
El testimonio de los sobrevivientes
En La Plata, Emilce Moler, Pablo Díaz y Gustavo Calotti estuvieron en la cabecera de la marcha. Pablo, como si fuera todavía aquel pibe de septiembre de 1976, saltaba con los chicos y las chicas que caminaban a paso veloz por la ciudad de las diagonales.
Emilce todavía estaba conmovida por todo lo que vivió en las últimas horas, sobre todo por el doctorado honoris causa que les entregó la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) y que a ella, en particular, le permitió cumplir con una deuda pendiente: tener un título de esa casa de estudios.
Fue secuestrada el 17 de septiembre de 1976. Primero fue llevada al campo de Arana y luego al Pozo de Quilmes. Tras un paso por la comisaría 3ª de Valentín Alsina, terminó en el penal de Devoto. Cuando la liberaron, le dijeron que no podría volver a vivir en La Plata. Mucho menos a estudiar. Su vida se mudó entonces a Mar del Plata.
«¿Quién hubiera pensado?», dijo ante la multitud. La pregunta de Emilce condensaba distintas impresiones. «¿Quién hubiera pensado hace 50 años, cuando todo era oscuridad y lucha por vivir cada momento, que íbamos a estar acá, compartiendo las banderas con tantos pibes? ¿Quién hubiera pensado que los chicos iban a ser pancartas y que no iban a estar con nosotros?», se preguntaba.
Emilce dice que cada vez que abraza a uno de los familiares de sus compañeros se le parte un poco más el corazón, pero que estaría mucho más triste si no existiesen estas marchas. «¿Quién hubiera pensado hace 50 años, que eran dueños y señores de nuestras vidas, que hoy iban a estar presos?». Pocos, pero son las razones que los sobrevivientes, sus familiares y el pueblo encontraron para seguir caminando y para demostrar que los lápices siguen haciendo trazos en colores.






