El Servicio Meteorológico Nacional informó que la tormenta de Santa Rosa tiene una probabilidad de ocurrencia del 57% en la ventana del 25 de agosto al 4 de septiembre, y advirtió que la tradición no garantiza la formación de un temporal severo para 2026.
Con el final de agosto ya encima, vuelve a instalarse una de las tradiciones meteorológicas más arraigadas de la Argentina: la expectativa por la tormenta de Santa Rosa. Según el Servicio Meteorológico Nacional (SMN), la ventana de referencia para 2026 se extiende entre el 25 de agosto y el 4 de septiembre, aunque el organismo fue claro en un punto: no existe, hasta el momento, una fecha confirmada ni la garantía de que se registre un temporal severo.
El SMN explicó que, si bien hay una mayor probabilidad estadística de tormentas en este período de transición hacia la primavera, «la ocurrencia de un evento de gran magnitud no está asegurada». Los indicadores que el organismo monitorea para determinar si finalmente se forma un temporal de estas características son el aumento de la humedad proveniente del norte, el ascenso de la temperatura, la rotación del viento hacia el sector norte, el ingreso posterior de aire frío y la eventual emisión de alertas meteorológicas oficiales.
Para la región del Litoral, incluida Entre Ríos, los pronósticos de las últimas semanas ya venían anticipando un escenario de inestabilidad recurrente, con sucesivos frentes de tormenta, alertas por lluvias intensas y ráfagas que en algunos casos superaron los 90 km/h. Esa dinámica de inestabilidad frecuente es, según los especialistas, uno de los factores que alimenta cada año la sensación de que «se viene» la tormenta de Santa Rosa, más allá de que el fenómeno puntual asociado a esa fecha termine confirmándose o no.
El nombre de la tormenta remite a Isabel Flores de Oliva, conocida como Santa Rosa de Lima, patrona de América. La tradición oral sitúa el origen de la leyenda en 1615, cuando las oraciones de la religiosa habrían desatado un fuerte temporal sobre las costas de Perú, lo que impidió el desembarco de buques piratas que amenazaban la ciudad de Lima. Ese episodio fundacional es el que, con el correr de los siglos, quedó asociado en el imaginario popular argentino a la llegada de lluvias y tormentas hacia el cierre del invierno. Aunque la Iglesia Católica reordenó el santoral en 1969 y trasladó la festividad litúrgica al 23 de agosto, en países como la Argentina y Perú la conmemoración tradicional se mantiene vinculada al 30 de agosto, fecha que el propio SMN toma como referencia central para sus análisis climatológicos de la región.
Más allá de la leyenda, el fenómeno tiene un correlato estadístico real, aunque menos determinante de lo que sugiere la creencia popular. Un análisis del SMN sobre los registros del Observatorio Central Buenos Aires, que abarca 118 años de mediciones entre 1906 y 2023, encontró tormentas dentro de la ventana del 25 de agosto al 4 de septiembre en 67 de esos años, lo que representa apenas el 57% de los casos. En otras palabras: la tormenta de Santa Rosa efectivamente se cumple algo más de la mitad de las veces, y en varios de esos años no se trató de temporales severos ni destructivos, sino de episodios de intensidad moderada.
Ese dato es el que los meteorólogos suelen citar para matizar la expectativa social que rodea al fenómeno cada año: la transición entre el invierno y la primavera es, en sí misma, una época de mayor inestabilidad atmosférica en la región pampeana y el centro del país, con más frecuencia de frentes fríos, ingreso de humedad y formación de tormentas, independientemente de que exista o no una fecha «mágica» asociada a la santa.
El SMN recomienda no guiarse por la tradición sino por la actualización de los pronósticos de corto plazo, que son los que permiten determinar con mayor precisión si las condiciones atmosféricas confluirán en un temporal de magnitud durante la ventana de referencia. La recomendación general para la población, en caso de que se confirmen alertas por tormentas fuertes, incluye asegurar objetos que puedan ser arrastrados por el viento, alejarse de puertas y ventanas, y evitar refugiarse bajo árboles, postes o marquesinas durante episodios de intensa actividad eléctrica.

