sábado, noviembre 7, 2026

Marcha del Orgullo y visita del Papa: el debate entre fe, feminismo y juventudes

La Argentina será escenario este fin de semana de dos acontecimientos que interpelan a las nuevas generaciones: la Marcha del Orgullo, que se realiza este sábado 7 de noviembre, y la visita del papa León XIV, prevista del 8 al 11 de noviembre, con un encuentro con jóvenes en el Monumento de los Españoles el martes. La coincidencia de fechas abre una reflexión sobre los vínculos entre religión, identidad, juventud y derechos.

Mientras la Marcha del Orgullo vuelve a movilizar a miles de personas en defensa de las diversidades sexuales, de género y las políticas de inclusión social, en un momento de avance de los discursos de odio, la visita papal incorporó en su agenda un espacio específico para las nuevas generaciones. La pregunta que sobrevuela es qué diálogo es posible entre estas dos instancias y cuáles son las demandas que los feminismos y las diversidades levantan frente a una institución que todavía mantiene posiciones conservadoras en debates centrales.

En las últimas décadas, los feminismos y los movimientos de la diversidad transformaron profundamente las discusiones sociales sobre el cuerpo, la autonomía, la sexualidad, los vínculos y las identidades. Esas transformaciones también atraviesan a las comunidades religiosas, donde conviven distintas formas de vivir la fe, interpretar las tradiciones y relacionarse con las posiciones institucionales. Para muchos jóvenes, la espiritualidad no necesariamente está en tensión con los feminismos ni con el reconocimiento de la comunidad LGBT+. Sin embargo, esa convivencia plantea cuestionamientos cuando las normas y los discursos religiosos entran en contradicción con experiencias e identidades que todavía reclaman reconocimiento y la posibilidad de intervenir desde adentro de la Iglesia en la construcción de sentido.

En Argentina, esa relación tiene una historia política reciente vinculada al impacto del papado de Francisco (2013-2025), que transcurrió en paralelo a la expansión del movimiento feminista: el Ni Una Menos, nacido en 2015, y la Marea Verde, que culminó con la sanción de la Ley 27.610 de aborto legal en diciembre de 2020. En 1993 se fundó Católicas por el Derecho a Decidir, una organización que articuló fe, teología feminista y defensa de la autonomía de las mujeres. En 2003, sus integrantes impulsaron la distribución de pañuelos verdes en el Encuentro Nacional de Mujeres de Rosario, dos años antes de la creación de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito.

Sol Santa Cruz, psicóloga y trabajadora social, evangélica pentecostal, relata que atravesó esa contradicción durante el debate por la legalización del aborto. Pasó de sostener la posición de «las dos vidas» a revisar sus ideas a partir de conversaciones con amigas feministas. «Al principio sentí una contradicción entre ser evangélica y feminista. Pensar feminismo era pensar en el diablo. Pero empecé a cuestionarme, a encontrarme con Jesús y a recordar todas las historias donde él reivindicaba a estas mujeres, le daba voz, le daba incluso lugares a la par de los varones. Y me empezaba a dar cuenta que ser feminista no era contrario a ser evangélica», relata.

Milagros Acosta, docente y coordinadora de la Red de Jóvenes Federal de Católicas por el Derecho a Decidir, atravesó un momento similar desde el catolicismo. Durante la Marea Verde era catequista y participaba activamente en la Iglesia. «Recuerdo que fue una etapa en la que atravesé una contradicción enorme y muchos cuestionamientos personales. Hasta que encontré a otras mujeres que también eran católicas y feministas, que defendían el derecho a decidir y que demostraban que era posible habitar ambas identidades. Eso me permitió descubrir que no tenía que elegir necesariamente entre mi fe y mis convicciones feministas», cuenta.

La demanda de transformación institucional también aparece en las experiencias de jóvenes que debieron buscar espacios donde su identidad y su orientación sexual pudieran convivir con su pertenencia religiosa. Julián Tróccoli, de 31 años, docente e investigador de la UNLP, recuerda que, a partir de su identificación como disidente de género, empezó a sentir que no terminaba de pertenecer ni a los espacios religiosos ni a algunos ámbitos de la propia diversidad. «Parte de lo revolucionario incluso es estar en los lugares donde no estoy cómodo para que puedan ser transformados, con la esperanza de que en un futuro otros, otras, tengan una mejor suerte», explica.

Félix Alagastino, docente y profesor de Ciencias Sagradas y Filosofía, relata un proceso parecido. A medida que fue aceptando su identidad, se alejó de comunidades más tradicionales y encontró otros grupos donde pudo expresar su fe sin ocultar quién era. Hoy participa de un grupo de oración LGBT+ en la Iglesia de la Santa Cruz y de la Comunidad Centu. Para él, la Iglesia necesita recuperar la figura de un Jesús «disruptivo, rebelde, que iba en contra de las grandes élites económicas y políticas».

El sacerdote Eduardo Mangiarotti, párroco y profesor de Teología en la parroquia San Gabriel de la Dolorosa, en Vicente López, destaca que muchos jóvenes conviven con las contradicciones institucionales de una manera diferente a generaciones anteriores. En su parroquia intentan construir un espacio seguro para personas LGBT+. «Francisco como Papa le puso el cuerpo a lo que él le pedía a la Iglesia, que era una Iglesia que escuche más, más abierta, pero en este ejercicio de la escucha desde un modo muy concreto: ¿qué necesitan ustedes? ¿Qué quieren ustedes? Yo creo que ese camino de una escucha verdadera siempre transforma, y me parece que en ese camino se trabaja la agencia de los jóvenes, que puedan ser protagonistas», explica.

La llegada de León XIV despierta expectativas diferentes. Alagastino desea que el Papa ponga en el centro las desigualdades sociales, las diversidades y los desafíos contemporáneos del capitalismo digital. «La visita puede ser un buen momento para unir a nuestro país en tiempos donde domina la crueldad, el desprestigio del otro, el odio. Espero que el Papa ayude un poco a quebrar esas grietas y que se respeten las diferencias entre los argentinos y argentinas», explica. Santa Cruz espera escuchar palabras sobre las experiencias de violencia que atraviesan a mujeres y adolescentes. Acosta reclama que las señales de apertura se conviertan en decisiones concretas y en transformaciones de las estructuras que todavía limitan la participación de mujeres y jóvenes.

En la Casa Salesiana León XIII, en Palermo, los preparativos ya están en marcha. De las 67 casas salesianas que integran la inspectoría Argentina Sur, la institución fue elegida para recibir a jóvenes que dedican su tiempo a acompañar y cuidar a otros. Para su director general, Federico Tirelli, la elección es «un privilegio» y una responsabilidad comunitaria. La propuesta, cuya consigna es «Testigos del Humano», busca renovar el compromiso de salir al encuentro de quienes sufren, son vulnerados o quedan al margen.

La visita de León XIV y la Marcha del Orgullo expresan, desde escenarios y tradiciones diferentes, una pregunta que atraviesa a la sociedad: cómo convivir con las diferencias y qué instituciones somos capaces de construir para que nadie tenga que renunciar a su identidad para pertenecer.