Un estudio científico del Conicet y la UNL reveló que las lluvias intensas generan episodios breves pero extremadamente tóxicos en arroyos de la cuenca del río Paraná, capaces de matar toda forma de vida acuática y con un riesgo significativo para la salud humana.
Los científicos explicaron un problema y el sistema tarda en comprender su gravedad. Dijeron que, en determinados momentos muy precisos, la muerte pasa su guadaña en los arroyos y deja a su paso el tendal. Dicho de otra forma: se parece a un escáner fatal, de las nacientes a su desembocadura. Esta semana volvió a manifestarse cuando el histórico arroyo Espinillo se pintó de rojo, un episodio que se repite en forma periódica y que volvió a encender las alarmas en la provincia de Entre Ríos.
La voz de alerta provino de vecinos de la localidad de Espinillo Norte, a 20 kilómetros de Paraná, y de la Red ecologista Cuenca Las Conchas. Los orilleros del arroyo difundieron fotos del curso de agua luciendo un rojo intenso, con una expresión que resume su hartazgo: «otra vez». Enterado del nuevo episodio, el investigador del Conicet Rafael Lajmanovich viajó hacia el arroyo Crespo, en cercanías de la ciudad de Crespo, porque en anteriores incursiones él y su grupo de científicos de la Universidad Nacional del Litoral (UNL) advirtieron que la contaminación del Espinillo proviene principalmente de ese pequeño afluente.
El estado de las aguas en el arroyo Crespo, observado durante la recorrida, era propio de un desagüe cloacal y con espumas, aunque no tenía el color intenso que sí se constataba aguas abajo, en la intersección del arroyo Espinillo (que es el receptor) con la Ruta Nacional 18. Para explicar el suceso a la vista, Lajmanovich se valió de dos palabras: «pulso tóxico».
Qué son los «pulsos tóxicos» y por qué son un peligro invisible
Se trata de pulsos cortos de contaminación asociados con las lluvias que, según los expertos, los muestreos cotidianos no registran. Este es un punto clave, y en alguna medida una novedad en cuanto al conocimiento de las cuencas. Pocas horas después de lluvias intermedias se generan condiciones excepcionales que duran un breve lapso pero barren la vida acuática a su paso. Las lluvias leves no alcanzan a remover y arrastrar sustancias acumuladas por meses, y las muy torrenciales arrasan con todo, con efectos difíciles de detectar.
El estudio que documenta este fenómeno fue publicado en la revista científica internacional Human and Ecological Risk Assessment bajo el título «Ecological risk of rainfall-driven effluent pulses in agro-industrial streams of the Las Conchas basin (South America): Rhinella arenarum tadpoles as sentinels of acute ecotoxicity». Lleva las firmas de Ana Cuzziol Boccioni, Andrés Attademo, Karen Russell-White, María Verónica Lancelle, Rafael Lajmanovich y Paola Peltzer.
La investigación se desarrolló en la cuenca del arroyo Las Conchas, en Entre Ríos, una red hídrica conectada al río Paraná medio. El objetivo fue analizar qué ocurre inmediatamente después de lluvias intensas, un momento que rara vez es capturado por los sistemas tradicionales de monitoreo ambiental. Los científicos se concentraron en las horas posteriores a una tormenta extraordinaria ocurrida en octubre de 2025. En distintos sectores de Entre Ríos se registraron entre 83 y 118 milímetros de lluvia en apenas dos días. En el departamento Paraná cayeron 87 milímetros, prácticamente la totalidad de las precipitaciones acumuladas durante ese mes.
Las muestras fueron tomadas apenas 24 horas después del evento para capturar los llamados «pulsos de contaminación», episodios breves durante los cuales grandes cantidades de contaminantes son arrastradas hacia arroyos y ríos. Los investigadores explicaron que estos fenómenos responden a un mecanismo conocido como first flush o «primer lavado». Después de períodos secos, diversos contaminantes se acumulan en suelos, caminos, canales, sistemas de drenaje y superficies urbanas. Cuando ocurre una lluvia intensa, todo ese material es movilizado de forma simultánea hacia los cursos de agua, generando concentraciones que pueden superar ampliamente las registradas durante condiciones normales.
Los resultados del estudio: un cóctel tóxico
Los investigadores recorrieron cuatro puntos distribuidos en los arroyos Crespo, Espinillo y Las Conchas, siguiendo el recorrido natural del agua desde las zonas más impactadas por la actividad humana hasta sectores de mayor conservación ambiental. Lo que encontraron fue mucho más que un deterioro pasajero.
Uno de los puntos más comprometidos fue el arroyo Crespo, aguas abajo de instalaciones de tratamiento de efluentes. Allí el agua presentaba una coloración rojiza, olor pútrido y niveles extremadamente bajos de oxígeno disuelto. A ese escenario se sumaron elevadas cargas bacterianas, microorganismos asociados a contaminación fecal, metales pesados y cianobacterias potencialmente tóxicas.
Uno de los datos más preocupantes fue el nivel de oxígeno. Mientras los valores considerados adecuados para proteger la vida acuática superan los 4,7 miligramos por litro, en el sitio más comprometido los registros se ubicaron por debajo de 0,5 miligramos por litro. Los científicos explicaron que «la coloración roja, las cargas extremas de bacterias y los filamentos de cianobacterias en el arroyo Crespo sugieren una contaminación antropogénica causada por eventos de desbordamiento de aguas residuales». Y algo más: «La contaminación por metales (cobre, plomo, zinc) representó un factor de riesgo ecológico adicional y altamente significativo».
Para demostrar la toxicidad del agua, los investigadores realizaron un bioensayo con renacuajos de la especie Rhinella arenarum (sapo común), utilizados como centinelas de ecotoxicidad aguda. Las muestras de agua del arroyo Crespo provocaron la muerte del 100% de los renacuajos en apenas 24 horas, incluso en exposiciones diluidas. Los sitios aguas abajo, en los arroyos Espinillo y Las Conchas, exhibieron una toxicidad atenuada pero aún significativa, un fenómeno que los investigadores atribuyeron a la capacidad de autopurificación del sistema.
Un problema de salud pública bajo el enfoque «Una Salud»
Para Lajmanovich, como para todo el equipo que estudia estos eventos, los resultados de estas investigaciones «refuerzan la relevancia de una perspectiva de ‘Una sola salud'», es decir, una cosmovisión integral en la que la salud humana no está ajena a la salud del ecosistema.
El estudio advierte que «los desbordamientos inducidos por las lluvias en las lagunas de tratamiento de aguas residuales, las descargas de mataderos y los efluentes no regulados aumentan sustancialmente las cargas de contaminantes, acelerando la eutrofización, la proliferación microbiana y la toxicidad química». Y agrega: «Esta convergencia de degradación ambiental y dispersión de patógenos subraya la necesidad de un enfoque de Una Salud, que reconoce que la salud de los ecosistemas acuáticos está intrínsecamente ligada al bienestar animal y humano».
En la entrevista junto al arroyo Crespo, Lajmanovich detalló: «Estamos observando un arroyo con probables residuos de alguna planta de efluentes cloacales mezclados con otro tipo de desechos, por esta gran cantidad de espuma; el olor pútrido es característico de residuos cloacales, son líquidos clasificados como aguas negras. La espuma quizá provenga de alguna mezcla de detergentes y sustancias de alguna industria frigorífica. Tenemos dos trabajos de investigación sobre esta zona. En 2025 publicamos un trabajo desde el punto de vista bacteriológico y físico químico. Se encuentran residuos de plaguicidas, y niveles bacteriológicos que escapan a las escalas, por la impresionante cantidad de bacterias».
El científico también subrayó la persistencia del problema: «Puedo dar fe que desde 2024 hasta ahora esto está igual, supongo que años anteriores era parecido. Años recibiendo estos efluentes. Una cosa es lo que va en el agua y otra cosa es lo que se acumula en los barros. En nuestras investigaciones la potencialidad tóxica de los barros era grande. Se hicieron test de genotoxicidad y de disrupción hormonal, y dieron positivo. La mezcla de sustancias genera una contaminación que produce genotoxicidad. Esas sustancias pueden llegar al contacto de poblaciones humanas o silvestres, y desencadenar fenómenos peligrosos».
Una cuenca que alimenta al río Paraná
El problema no se limita a los arroyos mencionados. Lajmanovich explicó que la contaminación se extiende a otros cursos de agua de la región. «Tres arroyos extremadamente contaminados de este lado, el Salto, el Crespo, y el arroyo Las Tunas, y tendríamos una contaminación en espejo del lado de Santa Fe si vemos el arroyo Los Troncos, particularmente la cuenca de la cañada de Malaquías que está también muy contaminada por las industrias lácticas; son similares en la contaminación; lo que se suma en este tipo de arroyos es la contaminación con plantas de tratamiento de residuos cloacales, que no he visto tanto en Santa Fe».
Al preguntársele si todo esto termina en el río Paraná, el científico fue contundente: «Todo esto es lo que abastece el río Paraná. Son arroyitos que aportan al Paraná. Si bien es caudaloso, pero gran parte de la contaminación del río Paraná justamente empieza en la zona del Paraná medio. No es que el Paraná superior esté limpio, pero los indicadores de contaminación sobresalen a partir del Paraná medio, la gran metrópolis Paraná-Santa Fe y ni hablar Rosario, con signos de contaminación sobre todo en sus sedimentos».
El contexto: un historial de contaminación y reclamos
La aparición del color rojo en el arroyo Espinillo no es un hecho nuevo. Existen registros de episodios similares en años anteriores. A fines de 2022 se registró un episodio similar, producto del vertido ilegal de un frigorífico avícola. En octubre de 2025, la Secretaría de Ambiente provincial monitoreó el arroyo y analizó el tono rojizo, vinculándolo «posiblemente a procesos biológicos asociados a la presencia de una bacteria -de identidad aún desconocida- que pueden producir cambios de coloración en cuerpos de agua bajo determinadas condiciones ambientales».
Sin embargo, los investigadores de la UNL apuntan a una causa diferente. El perfil físico químico y microbiológico del arroyo Crespo «sugiere un desborde de aguas residuales más que un fenómeno natural. Es improbable que la detección de cianobacterias como Microcystis y Oscillatoria tras la lluvia refleje una proliferación in situ, dado el corto intervalo entre la precipitación y el muestreo». Los científicos explican que «su presencia se explica de forma más plausible por la movilización y el transporte aguas abajo de poblaciones preexistentes asociadas a sistemas de tratamiento de aguas residuales».
El estudio también detectó la presencia elevada de herbicidas en la cuenca de Las Conchas, incluyendo un récord regional de concentración de glifosato en sedimentos, con 5002 μg/kg, la más alta registrada hasta ese momento en Sudamérica. En ese sentido, Lajmanovich apuntó la diferencia abismal entre un fallo reciente del Superior Tribunal de Justicia de Entre Ríos, que avaló distancias cortas para las fumigaciones (en el caso de Tierra Alta y Aldea Brasilera); y otro fallo reciente de la Corte Suprema que se inclinó por distancias largas (caso municipio de Sastre, en Santa Fe).
El reclamo de los vecinos y la urgencia de respuestas
Vecinos de Espinillo Norte sintetizaron sus inquietudes en un graffiti pintado junto a la alcantarilla sobre el arroyo: «Crespo: me estás matando». La frase condensa la frustración de una comunidad que ve cómo su entorno natural se degrada año tras año sin que las autoridades tomen medidas efectivas.
El estudio del Conicet y la UNL no solo documenta el problema, sino que también advierte sobre la necesidad de cambiar los métodos de monitoreo. Los sistemas tradicionales, que realizan muestreos periódicos, no logran capturar estos pulsos tóxicos que ocurren en ventanas de tiempo muy cortas. Esto implica que la magnitud real de la contaminación puede estar subestimada y que las respuestas institucionales llegan tarde, cuando el daño ya está hecho.
La investigación concluye que «las fuertes lluvias pueden desencadenar pulsos episódicos de contaminación severas en cuencas agroindustriales, que amenazan la biota acuática y la salud pública». La evidencia presentada es contundente: metales pesados, bacterias fecales, cianobacterias tóxicas, niveles de oxígeno que asfixian la vida acuática y una toxicidad capaz de matar a todos los organismos expuestos en cuestión de horas.
El desafío que queda por delante es mayúsculo. Requiere no solo de monitoreo más sofisticado y constante, sino de una acción coordinada entre los distintos niveles del Estado, las industrias y la comunidad científica para abordar las fuentes de contaminación. Como señala el estudio, el enfoque debe ser integral, bajo el paradigma de «Una Salud», entendiendo que la degradación de los ecosistemas acuáticos es una amenaza directa para el bienestar humano.









