En sus novelas y cuentos, Eduardo Sacheri entrelaza la vida en Argentina y el fútbol

“Mis ambiciones literarias siempre fueron muy modestas. Sólo quería oír mi nombre en la radio”, Eduardo Sacheri. En abril Sacheri ganó el Premio Alfaguara por “La noche de la usina”. 

Hace unas décadas, un joven maestro de historia dejó, con pocas expectativas, una selección de sus cuentos de fútbol al anfitrión de un programa de radio semanal. Sabía que Alejandro Apo solía leer al aire historias sobre el deporte, pero normalmente leía el trabajo de autores famosos.

Sus esperanzas se desvanecieron aún más cuando el maestro, Eduardo Sacheri, encendió su radio portátil para escuchar el programa del sábado y Apo no dijo nada de él ni de sus cuentos. El sábado siguiente, Sacheri volvió a sintonizar el programa, pero esta vez se emocionó. Apo estaba leyendo Me van a tener que disculpar, un tributo de Sacheri a Maradona.

Resultó que el tono inocente de la carta que Sacheri le envío junto con los cuentos conmovió a Apo, que decidió leer la pieza sin siquiera haberla revisado de antemano. “Asumí un gran riesgo”, comentó Apo. “Pudo ser un fracaso”.

Ese fue el primer paso de una carrera distinguida que ha colocado a Sacheri junto a renombrados autores argentinos del siglo veinte como Osvaldo Soriano y Roberto Fontanarrosa, que también escribieron emotivos relatos futbolísticos.

A pesar de su modesto comienzo, Sacheri, de 48 años, se ha erigido en los últimos años como uno de los autores y guionistas argentinos más importantes. Además de su trabajo como guionista adaptando su novela El secreto de sus ojos, que ganó el Oscar a la mejor película extranjera en 2010, ha devuelto la reputación al género del cuento de fútbol, con historias que usan el deporte como prisma para explorar las idiosincrasias nacionales.

Suele sorprenderse de cómo llegó allí.

“Es como una cadena de sorpresas”, dijo Sacheri, de cejas pobladas e incipiente barba encanecida, en una entrevista en un café de Castelar, el suburbio de Buenos Aires donde creció y aún vive. “Mis metas literarias siempre fueron muy modestas: yo solo quería oír mi nombre en la radio”.

Cuando escuchó el programa de Apo, aquel sábado de octubre de 1996, se dio prisa para preservar el recuerdo. “Fui a buscar un teléfono público”, recordó. “Le hablé a mi esposa. Le dije que encendiera la radio y lo grabara, para poder guardarlo en un casete”.

Desde ese momento, Sacheri ha disfrutado del éxito comercial y de crítica.

“Sacheri tomó la batuta de Soriano y Fontanarrosa”, dijo Cristina Mucci, una crítica literaria reconocida. “Adoptó un tema popular, pero le agregó sus propias reflexiones y anécdotas, que claramente tuvieron eco entre el público masivo”.

En los últimos años, Sacheri, que escribe desde una habitación que vigila el jardín de su casa, también ha ganado fama internacional, y llevó la ficción argentina a una nueva audiencia.

En abril Sacheri ganó el Premio Alfaguara en Madrid por La noche de la usina,  su novela ubicada en la revuelta económica y social de Argentina de 2001 y 2002.

Ha pasado mucho tiempo desde sus comienzos como escritor, cuando rumiaba historias sentado toda la noche frente a su máquina de escribir Remington color verde oliva y amortiguaba el ruido metálico de las teclas con una manta para no despertar a su esposa.

Escribir era una especie de terapia que le ayudaba a lidiar con la pérdida de su padre a causa del cáncer cuando solo tenía 10 años, dijo Sacheri.

“La vida está llena de tragedias”, comentó Sacheri, “y la muerte de mi padre me hizo enfrentar las tragedias muy temprano. Veía a mis amigos disfrutar de la infancia, cuando crees que todo es eterno. Pero vivía con tristeza, con el conocimiento de la brevedad, lo cual te obliga a detenerte y observar. Es lo que hace un escritor”.

Para Sacheri, como para muchos argentinos, el fútbol ha sido la piedra angular de la vida, una conexión con la familia, la comunidad y la nación. Juega dos veces por semana con sus amigos. Y asiste a los partidos del Club Atlético Independiente con su hijo, Francisco, de 19 años.

El primer libro de Sacheri, Esperándolo a Tito y otros cuentos de fútbol, es una colección de cuentos que permite ver cómo el fútbol suele permear los surcos y los picos de la vida argentina, desde la infancia hasta las tradiciones familiares, incluso la muerte.

“En Argentina estamos hechos de fútbol”, dijo Apo, de 61 años, “y se vuelve un vehículo para transitar otras ideas”.

Cuando Argentina experimenta inestabilidad y adversidades, como sucedió durante la crisis económica de 2001 que sumergió a millones de personas en la pobreza, muchos se fusionan con el fútbol, explica Sacheri.

Recordó haber visto en una ocasión un muro pintado con un grafiti cerca del estadio de un equipo de una liga menor en Castelar llamado Gallo. En él había una línea de una canción de rock argentino: “Gallo, mi único héroe en este caos”.

En Las llaves del reino, una compilación de cuentos de fútbol publicada el año pasado y que había escrito para El Gráfico, una revista de deportes, Sacheri evocó el grafiti. “Lo vi como una síntesis de cómo nos identificamos a través del fútbol aquí”, dijo, “el sentimiento de que en este mundo que se cae a pedazos a mi alrededor la única cosa que es sólida y permanente es Gallo”.

Las propias luchas de Sacheri para ganarse la vida de joven le ayudaron a entender las dificultades que han soportado los argentinos. Se graduó en una universidad cercana a Castelar y pronto buscó un segundo grado con la idea de volverse historiador académico.

“Pensaba: ‘No me puede ir peor que ahora’”, dijo. En la desesperación, “decidí empezar a dar clases en escuelas secundarias”.

Continúa dando clases de historia una mañana a la semana en una escuela secundaria cerca de su casa. Sin embargo, siguió escribiendo hasta que la fama y la seguridad económica lo encontraron.

Cuando Sacheri describió el triunfo del Oscar en 2010 —un momento crucial de su carrera—, forjó una comparación con un partido de fútbol.

Cuando Quentin Tarantino y Pedro Almodóvar subieron al estrado para anunciar el premio, Sacheri no podía mirar y se salió del salón de conferencias del hotel Mondrian en West Hollywood, donde estaban reunidos él y una veintena de colegas. “Como esas personas que cuando hay un tiro penal se dan la vuelta o se van”, dijo. “Si escucho los gritos, sé que gané”.

Cuando el rugido llegó, Sacheri corrió de regreso y se lanzó hacia el grupo que celebraba.

 

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